martes, 13 de mayo de 2008

La defensa

"Carlomagno y Garin se acercaron al tablero. El monarca alzó la mano, y pronunció a continuación las palabras que sorprendieron a los cortesanos que mejor lo conocían.
- Propongo una apuesta- dijo con voz extraña. Carlomagno no era hombre dado a las apuestas. Los cortesanos se miraron con inquietud-. Si el soldado Garin gana una partida, le concederé la parte de mi reino que va de Aquisgrán a los Pirineos Vascos y la mano de mi hija. Si pierde, será decapitado en este mismo patio al romper el alba.(...)

Carlomagno se sentó a la mesa. Parecía hallarse en trance. El duque quedó anonadado. El propio Garin estaba perplejo. Miró al duque a los ojos y, sin mediar palabra, posó la mano sobre el tablero, aceptando la apuesta. (...)

Al cabo de casi una hora, el duque de Borgoña notó que el monarca se comportaba de una manera extraña. Tenía el ceño fruncido y estaba absorto y distraído. (...). Súbitamente Carlomagno se incorporó de un salto lanzando un grito, volcó el tablero y los trebejos rodaron por el suelo. (...). Hicieron falta seis nobles para sujetarlo. Cuando por fin lo sometieron, Carlomagno miró asombrado alrededor, como si acabara de despertar de un largo sueño. (...)

Carlomagno y Garin se sentaron a jugar. Tras una batalla extraordinaria Garin alcanzó la victoria. El emperador le concedió la propiedad de Montglane, en los Bajos Pirineos, y el título de Garin de Montglane. Muchos años después, Carlomagno le envió como regalo el maravilloso ajedrez con el que habían jugado la famosa partida. Desde entonces se conoce como el ajedrez de Montglane.


- Reverenda madre, ¿qué fue del ajedrez de Montglane?- preguntó una de las monjas más ancianas, sentada en primera fila.

La abadesa sonrió.

- Ya os he dicho que si nos quedamos en la abadía, nuestras vidas corren grave peligro. Ya os he dicho que los soldados de Francia se proponen confiscar los bienes de la Iglesia y, de hecho, ya están cumpliendo esa misión. También os he dicho que antaño enterraron, dentro de los muros de la abadía, un tesoro muy valioso y tal vez maligno. En consecuencia, no os sorprenderá saber que el secreto que juré guardar cuando acepté ser abadesa, es el secreto del ajedrez de Montglane..."





El ocho, Katherine Neville.

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